La capacidad de asombrarse

La capacidad de asombrarse es el principio de la sabiduría y de la filosofía en concreto. Si ella, los filósofos presocráticos no hubieran ni existido. El hombre tiene esa capcidad de asombrarse, de admirarse, desde su nacimiento. Luego los avatares de la vida van adormeciendo esta capacidad hasta reducirla a la nada. Algunos, no obstante, la conservan. Y esto es válido frente a cualquier belleza natural como frente a la estulticia que se puede oir por televisión o en un artículo del periódico.

No únicamente hemos perdido la capacidad de asombrarnos, también la capacidad del pensamiento crítico, de admirar la belleza de una composición pictórica o musical. Vivimos en una sociedad que busca el ruido para no tener que enfrentarse a sí misma. En el silencio de un monasterio uno se encuentra a sí mismo. Encuentra cosas que no le gustan; unas las puede cambiar, otras no. Frente a las primeras, perseverancia en mejorarnos; frente a las segundas, aceptación lisa y lasa sin que ello nos haga sentir inferiores. Todos tenemos nuestros defectos y no tenemos otra alternativa que cargar con ellos y, por decirlo con una frase de Cela, «pasar por este valle de lágrimas sin hacer demasiado la puñeta al prójimo».

Cuando uno se encuentra a sí mismo encuentra también el mundo que le rodea y aprende a apreciarlo, hasta en sus más pequeños detalles, esos que siempre nos pasan desapercibidos porque vamos distraídos con nuestros pensamientos. Lo grandioso nos impresiona y a veces se nos impone (una tormenta en medio del campo). Apreciamos la belleza de un árbol enorme y se nos pasa por alto la belleza delicada, casi quebradiza, de una minúscula flor campestre.

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Es conveniente de vez en cuando retirarse al silencio, sea de un monasterio o de un pequeño pueblo de montaña. Si salimos al campo, lejos de cualquier traza de civilización, diremos ¡qué silencio! Y no es así, el campo también tiene sus voces: el viento entre las hojas, el lejano sonido del agua de un río saltando alegre de roca en roca. La mejor hora es el amanecer, mejor aún un poco antes del amanecer, cuando los animales nocturnos se han retirado y los diurnos aún no han despertado. A partir de media mañana las cigarras nos martilean con su cri-cri incansable. Es el momento de encerrarse y dejarse invadir por el silencio y dejar la mente en blanco. Cuando volvamos a la realidad ya no seremos los mismos. Hay que aprender a conservar esa realidad nueva en la vida cotidiana, demasiado atareada. Entonces seremos capaces de asombrarnos y admirar.