Las tres B.

Esta indicación comprende tres de los grandes músicos de los últimos cuatro siglos. Es posible que alguien se pregunte qué tienen en común estos tres genios. Ahí va mi respuesta. Naturalmente no tiene por qué ser necesariamente compartida, pero a cualquier persona con sentido común y unas nociones muy elementales de música no le pasarán por alto las características de los tres compositores. Vayamos por pasos y veamos qué tienen en común y qué les hace sobresalir (iba a escribir inmortales).

Johan Sebastian Bach. Sigue el estilo antiguo, el que había aprendido, pero lo convierte en algo completamente nuevo, por bien que sonara a su auditorio. Basten dos ejemplos: El Clave bien temperado y su obra póstuma (?) El arte de la fuga. El primero muestra las posibilidades de la escala dodecafónica, el segundo agota todas las formas posibles de la fuga —no en vano fue estudiada por Mozart y Beethoven entre otros— con una aplicación casi formal. “El Clave bien temperado”, pese a ser una obra maestra y un avance en la teoría musical, no fue descubierto realmente hasta Arnold  Schönberg y los discípulos de la escuela dodecafónica.

Ludwig van Beethoven comienza siguiendo los pasos de los clásicos, pero pronto se desmarca de ellos. A medida que avanza en su obra prescinde más de los cánones antiguos y sigue lo que su inspiración le dicta. Que hacen falta cinco movimientos para un cuarteto de cuerda, pues se añade; que bastan dos movimientos auna sonata (p. ej. el Op. 111), se elimina el sobrante. Beethoven hizo lo que le dio la gana (la inspiración) y olvidó las fórmulas estandarizadas. Y ¿qué decir de su novena sinfonía? Ninguna antes había llegado a expresar los sentimientos como ésta, en la que el orden tradicional está alterado y encima se añade un quinto movimiento con coro incluido.

Anton Bruckner resulta un caso extraño. Su nombre es desconocido por muchas personas. Si algo le caracteriza es la perfección, esta fue una losa que ha pesado y pesa sobre su obra. La suya no es una música fácil, al contrario; es difícil de digerir y entender, plúmbea. Pero una vez se entra en ella se convierte en algo diáfano, espiritual —como corresponde a la persona tan religiosa que fue Anton Bruckner— y esta dimensión le otorga una grandeza y una espiritualidad, emparentada con Bach, sin la cual su música se convertiría en un peñazo insoportable. Su trabajo no busca complacer los oídos sino el espíritu: esta es su grandeza. De él dijo R. Wagner, “si hay alguien que escriba música hoy, éste es Anton Bruckner”. Y Wagner no era propenso al elogio.