Lecturas: Mazarino

Gérard Montassier. Mazarin, París: Perrin,  2016.

Acabo de leer esta impresionante biografía de Mazarino, el cardenal italiano que junto con la reina de Francia –española, al menos de nacimiento– dirigió el país durante la minoría de Luis XIV, un intervalo de casi veinte años.

El libro resulta extremadamente interesante no sólo por la parte biográfica sino también por los comentarios del autor, un valor añadido a la obra. De las cerca de cuatrocientas páginas me centraré sólo en las noventa últimas; en las casi trescientas primeras predomina el aspecto biográfico, en las segundas las observaciones del autor son más frecuentes y de pertinente actualidad.

Mazarin_Pierre Mignard
El cardenal Mazarino por Pierre Mignard.

A partir de 1653, liquidado el problema de la Fronda, la situación es de una guerra más o menos continua entre Francia y España. Francia había pasado de ser un país más o menos fragmentado a ser una potencia, bélica y económica, bajo el mandato de Richelieu y Luis XIII. La guerra con España se centraba en tres puntos: Cataluña, Flandes e Italia. Cataluña, mediante las maniobras de desestabilización llevadas a cabo por Richelieu, se había sometido a la corona francesa rindiendo vasallaje a Luis XIII; Flandes se movía entre la República Holandesa y las facciones protestantes, las presiones de Francia y el gobierno de España; Italia era el flanco oriental siempre en disputa a pesar del dominio español (el norte de Italia pasó de manos francesas a las austríacas y luego nuevamente a Francia para finalmente independizarse con la unificación). Quedaba además la presencia inglesa, siempre ambigua en sus tratos, que aspiraba a un dominio del mar.

España era una potencia mundial, fascinada por el imperio romano, pero no podía hacer frente al elevado coste de mantener su dominio en mar y tierra; Inglaterra aspiraba, ya se ha dicho, al dominio de los mares, cosa que lograría en poco tiempo; Mazarino quería hacer de Francia una potencia continental, a ser posible sin necesidad de la guerra. El cardenal nunca quiso la guerra y cuando se encontró en ella intentó siempre llegar a una paz en beneficio de Francia. En este sentido su habilidad fue enorme: supo mover los hilos de la diplomacia para llegar a esa paz que situaría a Francia como una potencia de igual a igual con España, el imperio austríaco, Inglaterra y Suecia si no superior.

La aproximación a la paz comienza con el Tratado de Westmister de 1655, un tratado principalmente comercial pero que contenía cláusulas respecto a los partidarios de Condé en Inglaterra (el príncipe de Condé se había pasado al bando español en su lucha contra Mazarino) y los dos hijos del Rey Carlos I (ejecutado por orden de Cromwell) en Francia. Cada parte cumplió con su papel. Ante la sorpresa que semejante actitud causó en la corte el cardenal respondió «soy un político moderno». Puede parecer una respuesta cínica, pero la realidad es que la actitud de Mazarino supuso un cambio radical con toda la política francesa precedente (Richelieu) y con la política internacional hasta entonces.

Mazarino creía que la amenaza inglesa sería suficiente para que Madrid participara en las conversaciones de paz, por lo que despachó a Hugues de Lionne, marqués de Fresnes, a Madrid con instrucciones de empezar un borrador de acuerdo o a romper las negociaciones si esto no era posible. Por su parte los españoles querían saber hasta dónde llegaba el interés de los franceses, para lo cual retardaban cualquier intento de negociación. Lionne regresó pronto a Francia: había comprobado cómo los españoles reclamaban la restauración de Condé en todos sus títulos, cargos y dignidades. Lionne había hecho saber a España que las condiciones francesas para la paz serían mucho más suaves si había una unión de las dos coronas por el matrimonio del joven rey (Luis XIV) con una infanta (María Teresa). El 14 de junio 1658 un ejército combinado anglo-francés derrotó a las tropas españolas en la batalla de las Dunas. Esta derrota marca el inicio de la decadencia de los tercios españoles en Flandes.

Una vez derrotada España a Mazarino sólo le quedaba hacer la paz, que se formalizó en el Tratado de los Pirineos (o Paz de los Pirineos) firmada por el cardenal y por Luis de Haro por la parte española en la Isla de los Faisanes en 1659. El tratado incluía también el matrimonio entre Luis XIV y la infanta María Teresa (primos hermanos).

Traite-Pyrenees
Encuentro entre Luis XIV y Felipe IV en la Isla de los Faisanes. J. Laumosnier (1660).

Respecto a estos años recalca Montassier que «los años 1657-1659 iban a ser verdaderamente el período en el cual se recompondría Europa, abriéndose una nueva época basada en la invención de nuevos métodos de organización, para crear un nuevo orden europeo.» Este nuevo orden había sido ideado y elaborado por Mazarino, siendo el objetivo principal la paz. Desgraciadamente sus ideas iban a durar poco ya que Luis XIV hizo exactamente lo contrario de lo que el cardenal le había enseñado.

Otro frente se encontraba en Austria. La elección del emperador constituía un tema delicado para los intereses de Francia. Se trataba de evitar que el emperador, si pertenecía a la casa de Habsburgo, pudiera convertirse en un peligro si controlaba el norte de Italia, donde Francia tenía posiciones de importancia estratégica, como Módena y la Saboya. Después de una serie de negociaciones Mazarino consiguió que el futuro emperador se adhiriera a la paz de Westfalia y se comprometiera a respetar a los aliados franceses en Italia. Finalmente, el 18 de julio de 1658 Leopoldo fue elegido emperador. España ya no podía contar con el apoyo del imperio.

Paralelamente Mazarino perseguía otro objetivo: perfeccionar la Liga del Rin. Ésta había sido creada en 1651 a instancias del arzobispo-elector de Maguncia con algunos príncipes de la región renana para poner sus estados al abrigo de cualquier tentativa contraria a su independencia; en principio era cinco, luego se adhirieron los duques de Neoburgo y Luneburgo, el landgrave de Hesse y más tarde Suecia, por las posesiones que tenía en el centro de Alemania, y el elector de Brandemburgo. Francia se adhirió también en nombre de sus posesiones en la Alsacia, donde Mazarino había dado órdenes de que «todos los pueblos fueran tratados mejor que en todos los países alemanes.» Un ejército común defendía los países de la Liga, debiendo respetar a los soberanos de cada uno y no causar perjuicios a lo establecido en la Paz de Westfalia. El statu quo estaba protegido en Alemania y el emperador no podía alterarlo: lo había jurado y Francia garantizaba la situación en una Liga con católicos y protestantes, cosa que impedía la formación de una liga protestante, el sueño Cromwell. Mazarino mantenía la preponderancia francesa en Alemania mediante una estrategia de paz. ¿Lo había conseguido sólo mediante maniobras políticas? Éstas fueron importantes, pero la maniobra le costó al cardenal entre tres y cuatro millones de libras que había adelantado al Estado. Nada es gratis. Ya lo había dicho Quevedo: «poderoso caballero es don dinero.» Y lo empleó con largueza.

Aunque lo dicho hasta ahora parezca mostrar que Mazarino no tenía enemigos nada más lejos de la realidad. Tenía uno de su misma talla intelectual: el cardenal de Retz, arzobispo de París y uno de los promotores de la Fronda. Sus Memorias son uno de los monumentos de la literatura francesa y una pintura fiel de aquellos años a pesar del partidismo que impregna sus páginas. Sería muy atractivo disponer en forma paralela el pensamiento de Mazarino y el de Retz, pero ocuparía demasiado espacio alejándonos del contenido del libro, que se limita a apuntar el tema.

Nota: Este artículo fue redactado hace casi dos años, pero por un afán de perfeccionismo nunca alcanzado lo publico ahora.

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