Lecturas: Suetonio, «Vidas de los doce Césares» I

Desde mi primera juventud he sido un devorador de los clásicos griegos y latinos, especialmente los primeros. Me di cuenta de que los principales problemas del hombre se encontraban en las tragedias, especialmente en las de los tres grandes: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Poco después descubrí la filosofía griega: los presocráticos, Platón y Aristóteles. Ahí están planteados todos los problemas de la filosofía. Cada siglo ha dado su respuesta a estos problemas y el nuestro no es una excepción, con la curiosa solución que consiste en resolver el problema negándolo: muerto el perro se acabó la rabia.

Los griegos no sólo establecieron las bases de la filosofía, también sentaron las bases de la historia: Herodoto, Tucídides, Jenofonte, por citar sólo tres de los más importantes. Y en su historia está la implantación de la democracia, aún primeriza pero importante, su gran aportación a la política. Se puede decir con total tranquilidad que los griegos son los padres de la cultura occidental.

Las contínuas rivalidades entre ellos —sólo se unieron contra los persas— debilitaron su fuerza y acabaron absorbidos por Roma, que de una pequeña ciudad, acabó convirtiéndose en uno de los mayores imperios de la antiguedad. Grecia tomó cumplida revancha ya que Roma asimiló toda su cultura. Sólo en un punto Roma supera a Grecia: el Derecho. La aportación de Roma en este sentido es fundamental para toda la civilización occidental. El Derecho Romano se encuentra en la base del Derecho actual.

En la estela de Grecia Roma cuenta también con excelentes historiadores: Tito Livio, Dion Casio, Tácito, Dionisio de Halicarnaso, Suetonio,… la lista es muy larga. Hace unos años leí los ocho volúmenes de Livio que componen la edición de su Ad urbe conditam y los dos de los Anales de Tácito. Este año le ha tocado el turno a Suetonio: Vidas de los doce Césares. En esta primera parte comento los dos primeros libros de ésta.

El primer volumen está dedicado a César, Augusto y Tiberio. La manera de redactar estas biografías es una característica suya: no sigue un orden cronológico, sino que presenta la persona, sus orígenes, su familia situándolo en su contexto; describe sus hechos principales a lo largo de su vida y sigue con una exposición del carácter, las virtudes y los defectos, reservando para el final su muerte y honores rendidos. En la medida de lo posible intenta ser objetivo, no emite juicio sobre los hechos sino que se limita a describirlos. La opinión que estos hechos pudiera suscitar en el pueblo también se refleja de la forma más neutra posible: es el pueblo, no el autor quien juzga, éste se limita a dejar constancia de ello.

La figura de César es apasionante. El retrato que de él hace Suetonio lo muestra una persona muy compleja y muchas veces contradictoria: austero y derrochador; valiente las más de las veces, pero con algún gesto de cobardía; mujeriego y homosexual; avaro y generoso hasta el extremo; justo casi siempre, pero con alguna injusticia patente; siempre ambicioso. Esta personalidad, ya de por sí difícil de entender, hay que situarla en la Roma de su tiempo, siglo I a.C., cuando ya Cicerón se quejaba de las costumbres de Roma.

A César se deben muchas leyes y disposiciones que aún hoy se pueden rastrear en las actuales. Estas leyes muestran un legislador preocupado por su pueblo, no en vano fue siempre partidario de los “demócratas” de la época frente a los partidarios del Senado. En el año 60 a.C. formó su primer triunvirato junto a Pompeyo y Craso: este último, muy rico, financió los proyectos, Pompeyo dirigió el ejército y César se reservó el pueblo por sus dotes de orador. La guerra de las Galias (58-51 a.C.), que emprendió por su cuenta, le proporcionó un ejército extremadamente fiel gracias a sus cualidades de mando, victorias gracias a su capacidad como estratega, y riquezas (se quedó siempre una parte del botín para sí, quedando el resto para la tropa).

Una situación así, con dos generales de prestigio, no podía ser estable. El año 49 a.C. César huyó de Roma, se unió a sus tropas en la Galia decidido a conquistar el poder. Jugándose el todo por el todo, atravesó el Rubicón —la frontera que marcaba sus límites— y marchó sobre Roma. De entonces data su célebre frase alea jacta est (la suerte está echada): si vencía el poder sería suyo, en caso contrario le esperaba la muerte segura. Comenzaba la guerra civil.

El genio militar de César se impuso al ejército de Pompeyo en la batalla de Farsalia. Pompeyo huyó a Egipto, donde fue asesinado y su cabeza enviada a César, que lloró de tristeza al verla. Salvo en muy contadas ocasiones siempre se mostró clemente con el enemigo. A partir de este momento ya no tenía rival en Roma y se constituyó en dictador. Pero sus enemigos seguian en Roma. Poco a poco se fue urdiendo la conspiración. Finalmente se decidió que el lugar del magnicidio sería el Senado. El 15 de marzo del 44 a.C. fue asesinado. Suetonio describe el episodio con trazos vigorosos y resalta la actitud de César en este momento. Cuando se vio perdido no opuso resistencia, sólo procuró morir con dignidad.

A César le sucedió Octavio César Augusto, hijo adoptivo de César. Durante los primeros años compartió el poder con Marco Antonio y Lépido. Nuevamente dos figuras con una fuerte personalidad y tendencias distintas (Lépido fue apartado del triunvirato). Finalmente estalló la guerra entre ambos que acabó con la victoria de Octavio en la batalla de Actium. A partir de este momento comenzó a llamarse Augusto.

Desde el punto de vista político su actuación comienza devolviendo la República a Roma, con el dominio del Senado. Poco a poco fue acumulando cargos hasta convertirse en un Príncipe (Princeps) y, de hecho en emperador, aunque siempre rechazó este título. Durante su mandato Roma tuvo un período de paz como no había tenido en muchos años, la conocida paz octaviana; aseguró las fronteras del imperio; amplió y mejoró la red de comunicaciones; restauró buena parte de la ciudad de Roma y creó una guardia permanente para preservar el orden y prevenir los incendios, una especie de policía municipal en términos actuales. En medio de tanta brillantez hubo un hecho que, durante muchos años, constituyó la vergüenza del ejército romano: la derrota de Teutoburgo, en la que fueron aniquiladas tres legiones romanas (la XVII, XVIII y la XIX) al mando de Publio Quintilio Varo. Desde entonces ninguna legión volvió a tomar dichos números. Lo más vergonzoso no fue la derrota sino la pérdida de las águilas, que no fueron recuperadas hasta diez años más tarde. Tanto pesó en el ánimo de Augusto esta derrota que a menudo se golpeaba la cabeza exclamando «“Quintili Vare, legiones redde!, ¡Varo, devuélveme mis legiones!”».

Igual que César fue un personaje complejo de carácter. Sus matrimonios fueron mayormente políticos y algunos duraron muy poco, el primero ni llegó a consumarse. Su segunda esposa, Escribonia, había estado casada con dos excónsules; el matrimonio duró un año ya que él la repudió «hastiado por el desarreglo de sus costumbres» en sus propias palabras. Inmediatamente tomó a Livia Drusila, quitándosela a su marido Tiberio Nerón aunque ella se encontraba encinta, y a quien profesó un amor de por vida y una estima única.

Con semejantes antecedentes uno se pregunta qué tendría Livia Drusila. Parece ser que fue el modelo de la matrona romana, con muy pocas joyas y sencillez en la vestimenta. Mujer con una visión muy clara y acertada de las cosas asesoró a su esposo en asuntos de gobierno. A esta visión idealizada se opone otra más oscura en las que no faltan los asesinatos, reales o atribuidos: el de su hijastra Julia, hija de Octavio y Escribonia, y el de esposo de ésta, Marcelo, sobrino del Augusto y posible sucesor de éste. Su papel como madre de Tiberio y Druso , hijos de su primer matrimonio, y sobre todo del divorcio del primero de Vipsania, la han convertido en un personaje de novela, la más famosa Yo Claudio, llevada a la televisión, la muestra como una mujer fría, calculadora, ambiciosa. En fin, lo contrario al modelo de la virtus de la matrona romana. Entre un extremo y otro debe hallarse la verdad.

De su hija Julia tuvo tres nietos, Gayo, Lucio y Agripa, y dos nietas, Julia y Agripina.No tuvo suerte con sus descendientes: Gayo y Lucio, a quienes había adoptado, murieron jóvenes; las dos Julias, hija y nieta, se deshonraron con todo tipo de vicios y renegó de Agripa por su temperamento envilecido y feroz. Esto le llevó a decir ¡Ojalá no me hubiera casado y muriera sin descendencia!.

Persona retraída, tenía pocos amigos, pero siempre fue fiel con ellos. Con las esposas ya fue otro cantar. Sus amigos lo reconocen y lo justifican diciendo que fue por razones políticas. Nunca falta un roto para un descosido. Dos placeres de los que nunca se privó fueron las doncellas y el juego. Por otro lado, en los demás aspectos de su vida, fue muy moderado. Vivió siempre en la misma casa de forma modesta, aunque también tenía lugares de retiro fuera de Roma: en la costa, en las islas de Campania y en pequeñas ciudades cerca de Roma.

De costumbres frugales, comía poco y sencillo, era muy moderado con la bebida. Solía trabajar hasta altas horas de la noche para acabar los asuntos de la jornada y no dormía más de siete horas, pero no era madrugador más que por necesidad. Si quedaba falto de sueño dormía en la litera en que le transportaban.

Físicamente fue un hombre apuesto dotado de gran atractivo, a pesar de no ser muy alto. Le disgustaba la afectación y era indiferente al tocado. Su expresion era tranquila y serena y sus ojos vivos y brillantes. De naturaleza más bien enfermiza padeció algunas enfermedades graves y peligrosas, también enfermedades periódicas y no soportaba bien ni el invierno ni el verano. Las afecciones intestinales fueron la causa de su muerte. El último día de su vida recibió a sus amigos y les preguntó si había representado bien la farsa de la vida; luego los despacho a todos y expiró en brazos de Livia diciéndole: «¡Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión! Adiós». Le faltaba un poco más de un mes para cumplir los setenta y seia años. Fue incinerado y sus restos depositados en el Mausoleo, edificio que el mismo Augusto había hecho levantar.

Con César y Augusto llega a su cénit el esplendor de la familia Julia. No es que fueran precisamente un dechado de virtudes; desde el punto de vista moral dejan bastante que desear tanto el uno como el otro. Los valores de la vieja república romana, encarnados en Catón y Cicerón, se pierden debido a la asunción de poderes por parte de ambos, y especialmente de Augusto que, a efectos prácticos, asume todos los poderes no como dictador sino como emperador.

El Senado, antes un auténtico órgano de poder, mayormente en manos de los aristócratas (para ser senador debía tenerse una fortuna muy considerable, cosa que estaba sólo al alcance de unos pocos) aunque este poder se veía controlado en parte por los Tribunos de la plebe elegidos por el pueblo (la plebs), fue perdiendo atribuciones que pasaban a manos del dictador o del emperador.

El ejército tenía dos generales, los cónsules, elegidos cada año y que se repartían las regiones sobre las cuales actuaban. Salvo casos excepcionales no podía repetirse en el consulado hasta pasados cinco años o más. César y Augusto toman los consulados en sus manos, compartidos con otros que hacen más un papel de figurón que otra cosa, y lo repiten año tras año, aunque algunas veces lo eran sólo por unos meses, semanas o días, y en su lugar se elegía otro, el cónsul suffectus, que ejercía las funciones por el tiempo restante.

En el siguiente capítulo repasaré las figuras de Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Galba Otón y Vitelio. Aunque Suetonio completa la serie con Vespasiano, Tito y Domiciano, no entraré a describir su actuación ya que, de hecho, no pertenecen a la familia Julia. Mi intención es mostrar cómo la acumulación de poder lleva, inevitablemente, a la decadencia y cómo las virtudes no son precisamente un material genético que se repita de generación en generación, sino que el máximo poder lleva al abandono de su ejercicio. De esto hablaré cuando trate de la casa de Austria en España (de momento en proyecto).

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