Cosas que he vivido: El incendio del Liceo

Ordenando fotos antiguas he encontrado unas  del Gran Teatro del Liceo después de 1994, año en que «casualmente» se incendió. De la sala sólo quedaron las paredes. Es cierto que el teatro tenía graves deficiencias de seguridad, de lo que puedo dar fe. Se montó un gran espectáculo con el juicio a causa del mismo. Acusación (fiscalía) y defensa llegaron a la misma conclusión: las pruebas de un incendio accidental era científicamente muy pobres. Aún hoy —2017— no hay una explicación clara y convincente de qué sucedió.

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Fotografía tomada por mí poco después del incendio.

De lo que sí hay es constancia de unos intereses por parte del Ayuntamiento (socialista) y la Generalitat (CIU) en arrebatar la propiedad del teatro a los mecenas. ¿La excusa? La falta de medidas de seguridad. La realidad es que la ciudad (el Ayuntamiento) no tenía un teatro propio, a diferencia de otras ciudades de centro-europa. Muy pronto se creó lo que se llamó el Consorcio del Gran Teatro del Liceo, compuesto por representantes de las dos instituciones mencionadas y los todavía propietarios. El mangoneo siguió hasta que los propietarios «cedieron» sus derechos de propiedad a las instituciones, dejándoles una mínima parte en prueba de «reconocimiento» por su labor de mecenazgo cultural. Es lo que yo llamo la «conxorxa del Liceu» (la confabulación del Liceu).

Pablo Meléndez, en su artículo en ABC sobre el incendio del teatro, habla de un tiempo récord en la reconstrucción del mismo. Aquí comete un error. La reconstrucción tardó cuatro años largos, de los cuales más de dos en conversaciones y contubernios. No era la primera vez que el teatro se incendiaba. En el anterior, el teatro abrió sus puertas un año más tarde. Entonces había unos propietarios y mecenas amantes de la ópera; ahora, unas instituciones que sólo piensan en sacar el máximo provecho económico y de prestigio (la cultura no cuenta para nada) sin tener en cuenta la música, el alma del teatro.

De la reconstrucción, ¿qué decir? Se han hecho dislates, sobre todo en la acústica. Hasta tal extremo que alguien como Josep Carreras dijo: «antes la acústica del Liceo era excelente, ahora es mediocre.» Que lo diga un aficionado cualquiera puede pasar por una simple apreciación; dicho en boca de uno de los mejores tenores es un diagnóstico. Pero, ¿qué importa la acústica cuando lo que se perseguía era que la ciudad (Ayuntamiento) tuviera su teatro de ópera? Padece del mismo defecto del teatro de la ópera de Sidney pero sin su espectacular arquitectura. Una mediocridad más a añadir a las muchas que se están generando en mi querida ciudad. Y aún suerte que se ha salvado, por el momento, de la «decoración» de la fachada diseñada por Frederic Amat, uno de los mayores engendros estéticos en los edificios de Barcelona.

Después del incendio no he vuelto al Liceo. Lo que fue el santuario de la ópera se ha convertido en un teatro de variedades, en pura banalidad. Cada cosa tiene su sitio, pero parece que los nuevos «propietarios» no se han dado cuenta. Este hecho tiene su paralelo en los antiguos festivales del Teatro Griego, en el que siempre se representaban algunas de las grandes tragedias de Esquilo, Sófocles o Eurípides. Fue en Olot, capital de La Garrotxa, donde tuve ocasión, por primera vez, de ver una de las mejores puestas en escena de Las Bacantes, de Eurípides, no en Barcelona, teórica capital cultural de Catalunya.

Ahora está de moda el teatro moderno, cuanto más moderno mejor. Las obras se actualizan, no importa la época, y resultan disparates, por ser benévolos, en el mejor de los casos. Otro tanto le ha sucedido a la ópera. Y no sólo aquí; también en el sagrado Festival de Bayreuth se han presentado versiones demenciales de la «Tetralogia», «Tristán e Isolda» y otras que han caído en manos de directores escénicos que están convencidos de que si no se actualiza la versión la obra es irrelevante. Necio y craso error. Las obras clásicas lo son porque expresan los problemas humanos de ayer, de hoy y de mañana. Dejemos, pues, las obras, tal como fueron imaginadas por su autor y no queramos «actualizarlas» pretendiendo hacer nada más la versión de hoy en vez de lo que realmente es: una versión del ayer, hoy y mañana. Esto no significa que no debamos tener en cuenta las múltiples posibilidades que la tecnología nos ofrece a tal fin, al contrario: debemos aprovecharlas para hacer una versión más atemporal. Lo que quizá debamos aceptar es que no se puede trasladar la mentalidad occidental a otras culturas. La ópera, el teatro, son básicamente occidentales (sin olvidar el teatro clásico japonés que responde a otro concepto de la cultura tan respetable como el nuestro) y hasta osaría decir europeos. Los clásicos griegos lo son porque transmiten los grandes problemas humanos; se encuentran en la base de nuestra civilización y perduran a través de los siglos. Por eso, cuanto más atemporal —en decorados, vestuario— más lograrán transmitir el mensaje que contienen.

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