La Universidad I.

Mis estudios en la Universidad comenzaron en el antiguo edificio. Es un lugar con historia por el que han desfilado grandes mentes. Aquel año, 1967, después de casi treinta años de gobierno franquista, era un páramo intelectual con algunas excepciones. La estructura de un Departamento era rígida: el Catedrático, autoridad máxima e indiscutible con talantes y talentos muy variados, los profesores agregados, los adjuntos y, en la escala inferior, en algunos casos casi como esclavos, los ayudantes, en su mayoría realizando la tesis doctoral. A los cargos se accedía por oposición, que se realizaba en Madrid, excepto los ayudantes.

La Universidad antigua.

El primer curso, 1967-1968, lo pasé bien excepto en Biología. El catedrático, Dr. Enrique Gadea, era un personaje peculiar. Acudía al aula con un paquete de tizas de color y sus explicaciones en la pizarra eran una especie de obra de arte; pero quería que en los exámenes los dibujos también fueran en color. Su carácter detallista le llevava a una severidad en la corrección de los exámenes que rayaba la paranoia. Me suspendió en junio y en septiembre, con lo que me quedó la asignatura pendiente del hilo del examen de febrero, de otro modo no hubiera podido cursar el segundo año (tenía una matrícula condicionada a aprobar la asignatura pendiente); de este examen (éramos tres), que hicimos en una sala del Departamento, recuerdo el comentario de un profesor cuando alguien le preguntó qué hacíamos: la respuesta fue: «cosas del profesor». Llegó la hora de las notas, un par de días después. Me llama y dice: «su examen es el mejor… pero no llega al cinco». Se me cayó el alma a los pies. Al final nos aprobó a todos para que pudiéramos seguir adelante en la carrera.
El segundo año, curso 1968-1969, fue muy accidentado. Si ya durante el año anterior la politización de los estudiantes era notable, en éste se agudizó aún más. Era por entonces Rector de la Universidad el Profesor Francisco García Valdecasas, gran farmacólogo, muy querido por sus alumnos dejando a un lado sus ideas políticas. Desgraciadamente pasará a la historia de la Universidad como uno de los Rectores más duros y represivos con el movimiento estudiantil (expulsó a 266 alumnos y 69 profesores del Sidicato de Estudiantes de la Universidad de Barcelona); no tuvo manías, cuando se trataba de «desórdenes» dentro del recinto, en hacer entrar a la policía, los famosos «grises», a vaciarlo. Recuerdo un día que estaba estudiando en la biblioteca cuando la Biblbiotecaria nos anunció que debíamos dejar el recinto porque había entrado la policía; salimos entre un pasillo de «grises» a cuál con más cara de mala leche. Luego tuvimos que desaparecer a la carrera ya que la policía atacó primero a un pequeño grupo de estudiantes y luego a todos por igual. Se cuenta una anécdota divertida de aquella ocasión: en la plaza de la Universidad había una parada de autobús (o tranvía) con gente esperando; se acercaron unos policías y les increparon diciendo: «¡disuélvanse!».
Para mí fue un año accidentado. Por un lado mis frecuentes ataques de bronquitis, que me dejaban una semana o más fuera de combate, y por otro los cierres de la Universidad (aquel año estuvo cerrada varios meses en conjunto); coincidían mis bronquitis con la Universidad abierta y viceversa. Académicamente fue un año fatal; aprobé sólo una asignatura y tuve que repetir curso. En conjunto guardo un buen recuerdo de los profesores: el Dr. Orús en matemáticas; el Dr. Coronas en química inorgánica; el Dr. Pujals (?) en física; y el melodramático Dr. Vericad en técnicas de laboratorio (la asignatura aprobada).
El Dr. Orús (Juan José de Orús Navarro) tenía fama de mujeriego y noctámbulo. De lo primero no tengo constancia más que de unas anécdotas apócrifas; sí recuerdo un día de primavera verle atravesar el vestíbulo de la facultad con sombrero, abrigo y gafas de sol. De lo segundo, dado que su especialidad era la astronomía (estaba muy bien considerado), no resulta extraño. Sus posibles aventuras con el género femenino no entran en esta descripción.
El Dr. Coronas, Juan María Coronas Ribera, tenía aires de hidalgo castellano: más bien alto, delgado, siempre con su americana cruzada y sus trajes de un inevitable gris más o menos oscuro según la época del año. Como profesor tenía un punto monótono en el hablar; pero al escribir en la pizarra las diferentes reacciones se convertía en otra persona, una especie de duende, que iba de un lado a otro. Al final, lo que había explicado se refelejaba claramente en el entizado. La inmensa variedad de reacciones y comportamientos de los compuestos químicos suponía para mí un quebradero de cabeza. Decidí ir a preguntarle cómo podía asimilar y organizar toda aquella información. Estuvimos casi una hora hablando: es la mejor lección que he recibido en mi vida; sus consejos me han sido útiles no sólo para la química sino para la vida misma. Muchas gracias, Dr. Coronas.
El Dr. Vericad era todo un personaje. Muy alto, grueso (pesaba más de ciento veinte kilos), con fama de comilón. Sus clases eran de un dramatismo extremado. Cuando citaba el número de víctimas en un accidente su voz alcanzaba niveles casi apocalípticos. Recuerdo su descripción de un accidente que, según él, causó diez mil muertos. Aquellos diez mil muertos parecieron llenar toda el aula. Su asignatura, técnicas de taller y laboratorio, ha quedado obsoleta, pero por entonces tenías que montarte los aparatos con la ayuda de tubos de vidrio y tapones de corcho, parafina, etc. Aprender a doblar un tubo de vidrio sin estrangular el codo requería una cuantas horas de práctica. Y como esto tantas otra cosas.

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